jueves, 29 de noviembre de 2007

TERROR / HAMBRE

El primero de los jinetes del Apocalipsis

Ya no importa si todo acabó.

Yo era uno de los cuatro seres vivientes parados alrededor del trono. Mi apariencia era semejante a la de un león, un león dorado con una gran melena que hacía las veces de corona, ya q era el rey de los animales salvajes. Mis alas eran impresionantes, se veían enormes, más de lo normal y al contrario de mi cuerpo, eran negras y estaban cubiertas de plumas.

El que estaba sentado en el trono, el Cordero, se puso de pie y comenzó a abrir el primero de los siete sellos que tenía el libro que llevaba en sus manos. Al hacer esto, un caballo salió de aquel libro, era mi caballo, negro como la noche, traía consigo un arco de oro macizo y una aljaba llena de flechas de plata. Sobre mi cabeza apareció una corona, un a corona de verdad. Monté mi caballo y sentí como mi corazón se inflaba de algo, un sentimiento hasta ahora nuevo para mí. No sabía lo que era exactamente, pero lo que si sabía era que un extraño deseo de conquista se había apoderado de mi ser. Mi lado oscuro crecía y se hacía más fuerte, mientras que mi lado "luminoso", por decirlo de alguna manera, cada vez era más pequeño e insignificante... pero aun me quedaba algo de esa luz.

Mi deseo de conquista se hizo insoportable, me estaba volviendo loco y solo se me ocurrió una cosa para satisfacerlo: cumplir mi deseo, ir a conquistar a todos los malditos humanos que hacían lo que querían y no tenían a nadie que los castigara, pues ahora estoy yo para darles lo que se merecen: una vida llena de sufrimiento igual a la que yo he tenido, siguiendo las órdenes del maldito Cordero que manipulaba mi existencia a su voluntad, pero ya no más. Espoleé mi caballo y fui a toda velocidad al portal que me conduciría hacia la tierra de los mortales. Me tomó poco tiempo llegar hasta allá, no quedaba muy lejos. Sentía como hervía la sangre en mis venas, no era exactamente doloroso, era más bien algo que me gustaba, no se como explicarlo. Atravesé aquel portal, dentro de él estaba oscuro, apenas podía ver mi mano en frente de mi rostro. Avanzaba rápido, quería salir de ahí lo antes posible; no es que me diera miedo ese lugar, es solo que estaba desesperado por atormentar a los estúpidos del mundo terrestre. Apuré el paso, hasta que al final de ese túnel vi una débil luz, me apuré aun más hasta que salí a un espacio abierto iluminado por el sol. Odié estar ahí, porque mi oscuridad no lo soportaba, pero a la vez esa mínima energía divina que estaba en mí se regocijaba.

Estos malditos seres humanos habían transformado el mundo que el que yo viviera antes, nada de lo que mi mente alcanzaba a recordar de los antiguos tiempos sigue aun en pie: aquellas tenebrosas montañas que solía mirar, cubiertas de bruma... ahora yacían pacíficas, clareadas por la luz que el sol les brindaba; podía ver a mi alrededor las ruinas de la gran ciudad en la que habitaba mi amada que me fue arrebatada, ese fue el momento en que mi corazón comenzó a opacarse con la oscuridad de mis sentimientos que tramaban una dulce venganza. Fui sacado de mis ensoñaciones por el canto de unas aves que anidaban en un árbol cercano.

Ya había tomado mi decisión. Partí rumbo a unos campos de cultivo. La gente al verme se asustaba. Todos me temían, incluso los animales que allí había. Extendí mis manos al cielo y maldije al Cordero, por haberme condenado a estar a su lado y separarme de quienes amaba. Todo a mi paso se marchitaba, esa era la maldición que pesaba sobre mí: destruir todo lo que tocaba, todo lo que veía, y lo peor, destruir lo que había amado con todo mi corazón. Continué avanzando, toda la ira de mi alma fue liberada de mi ser, fue como una ola fría extendiéndose alrededor de todo este maldito planeta insignificante, el terror los dominaba, yo los dominaba... Los alimentos, las cosechas, ya nada era comestible. Pasarían hambre y miedo, lo que yo también pasé... mi venganza estaba consumada.

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